Vagamos en círculos por los callejones vacíos y apestosos, incapaces de abandonar el barrio que había sido el eje central de nuestra vida, el único lugar que habíamos conocido. En un momento dado Godo se paró en seco, y me miró con un enorme ojo de color dorado.
- Vamos, pequeño… ¿Por qué te has parado ahora?- Lo cogí en brazos y lo miré fijamente, mientras él me mordía suavemente el dedo índice.- No nos queda nada aquí. Y tarde o temprano teníamos que dejar este lugar, ya lo sabes.
- Miau…- Godo maulló tan flojito que por un momento pensé que me lo había imaginado.
- No estamos dejando nada… ¿verdad? No podemos dejarnos nada. Ya no, al menos.- Acurrucó su cabeza peluda sobre mi hombro y empezó a ronronear.- Quizá…si volviéramos un momento…solo para asegurarnos, ¿sabes? Si había alguien allí tendrá que haberse ido, y la policía jamás pasa por esta zona.- Otro mordisco suave.- Está bien, iremos. Pero solo para echar un vistazo. Para asegurarnos de que no nos queda más remedio que irnos y no volver. Y solo porque me lo pides tú, no porque yo tenga dudas…ya ves tú, qué miedo iba a darme dejar todo lo que he conocido alguna vez.- En el ronroneo posterior noté un leve asomo de burla, aunque seguí caminando con Godo entre los brazos.
No tardamos demasiado en llegar hasta donde había estado nuestro piso. Prácticamente no habíamos sido capaces de alejarnos. El aire estaba algo turbio, como si camináramos entre la niebla. Quizá hubiera algo de niebla, o quizá fueran restos del polvo provocado por el derrumbe. Había luna llena y su luz definía las formas que se empecinaba en desdibujar la atmósfera. Parecía un inmenso esqueleto, viejo como el mismísimo tiempo. Por un momento las nubes al cubrir la luna jugaron con las luces y las sombras hasta crear la silueta de un enorme dragón dormido. Pero esa imagen solo duró un segundo. Avanzamos un poco más. No quedaba nada. Godo saltó de mis brazos, y di unos pasos tras él. De repente, uno de los cascotes que yacían entre los escombros se inclinó hacia un lado y vomitó con fuerza. Por un momento dudé en acercarme, pero fuera quien fuera estaba de espaldas y tenía que alcanzar a Godo antes de que se acercara más. Cuando estaba a escasa distancia de él oí el sonido de los sollozos. Estaba de rodillas entre los cascotes, y tenía la espalda ancha y una melena sucia de color gris. Godo se acercó y le olisqueó la punta de los dedos, para después restregarse contra ellos con suavidad. Levantó la cabeza y me miró emitiendo un sonoro maullido. El hombre se giró, y sus ojos se llenaron de incredulidad. Se levantó de golpe y no pude evitar fijarme en que tenía los pantalones rasgados y que rastros de sangre se adivinaban en las zonas donde la tela se había roto.
- Dylan… ¿qué…qué haces aquí?
- Tú… la explosión…creí… -cogió aire, y me miró con los ojos desmesuradamente abiertos- creí que habías muerto.- Se inclinó sobre mí y titubeó un momento antes de rozarme la mejilla con la punta de los dedos.- ¿Cómo…?- Preguntó en voz muy baja mientras le temblaban los labios.
- No me pareció buena idea abandonar a Godo.- Murmuré, por toda explicación. En los ojos de Dylan apareció una sombra acusatoria “Pero sí abandonarme a mí”, parecían reprocharme.- ¿Por qué sigues aquí?- Él me miró con una expresión extraña.
- Valerie… ¿Por qué has vuelto tú? Te dije que no era seguro.
- Has dicho demasiadas cosas, Dylan, pero siempre te callabas la mitad. Además…tenía que ver esto una vez más antes de irme.
- Está bien, lo reconozco. Tengo que explicarte muchas cosas. Y lo haré, te lo prometo. Pero no ahora. Antes necesito un café.
No hay comentarios:
Publicar un comentario