domingo, 23 de octubre de 2011

Parte 6. La serpiente que no supo cómo morderse la cola.

Vagamos en círculos por los callejones vacíos y apestosos, incapaces de abandonar el barrio que había sido el eje central de nuestra vida, el único lugar que habíamos conocido. En un momento dado Godo se paró en seco, y me miró con un enorme ojo de color dorado.
-         Vamos, pequeño… ¿Por qué te has parado ahora?- Lo cogí en brazos y lo miré fijamente, mientras él me mordía suavemente el dedo índice.- No nos queda nada aquí. Y tarde o temprano teníamos que dejar este lugar, ya lo sabes.
-         Miau…- Godo maulló tan flojito que por un momento pensé que me lo había imaginado.
-         No estamos dejando nada… ¿verdad? No podemos dejarnos nada. Ya no, al menos.- Acurrucó su cabeza peluda sobre mi hombro y empezó a ronronear.- Quizá…si volviéramos un momento…solo para asegurarnos, ¿sabes? Si había alguien allí tendrá que haberse ido, y la policía jamás pasa por esta zona.- Otro mordisco suave.- Está bien, iremos. Pero solo para echar un vistazo. Para asegurarnos de que no nos queda más remedio que irnos y no volver. Y solo porque me lo pides tú, no porque yo tenga dudas…ya ves tú, qué miedo iba a darme dejar todo lo que he conocido alguna vez.- En el ronroneo posterior noté un leve asomo de burla, aunque seguí caminando con Godo entre los brazos.
No tardamos demasiado en llegar hasta donde había estado nuestro piso. Prácticamente no habíamos sido capaces de alejarnos. El aire estaba algo turbio, como si camináramos entre la niebla. Quizá hubiera algo de niebla, o quizá fueran restos del polvo provocado por el derrumbe. Había luna llena y su luz definía las formas que se empecinaba en desdibujar la atmósfera. Parecía un inmenso esqueleto, viejo como el mismísimo tiempo. Por un momento las nubes al cubrir la luna jugaron con las luces y las sombras hasta crear la silueta de un enorme dragón dormido. Pero esa imagen solo duró un segundo. Avanzamos un poco más. No quedaba nada. Godo saltó de mis brazos, y di unos pasos tras él. De repente, uno de los cascotes que yacían entre los escombros se inclinó hacia un lado y vomitó con fuerza. Por un momento dudé en acercarme, pero fuera quien fuera estaba de espaldas y tenía que alcanzar a Godo antes de que se acercara más. Cuando estaba a escasa distancia de él oí el sonido de los sollozos. Estaba de rodillas entre los cascotes, y tenía la espalda ancha y una melena sucia de color gris. Godo se acercó y le olisqueó la punta de los dedos, para después restregarse contra ellos con suavidad. Levantó la cabeza y me miró emitiendo un sonoro maullido. El hombre se giró, y sus ojos se llenaron de incredulidad. Se levantó de golpe y no pude evitar fijarme en que tenía los pantalones rasgados y que rastros de sangre se adivinaban en las zonas donde la tela se había roto.
-         Dylan… ¿qué…qué haces aquí?
-         Tú… la explosión…creí… -cogió aire, y me miró con los ojos desmesuradamente abiertos- creí que habías muerto.- Se inclinó sobre mí y titubeó un momento antes de rozarme la mejilla con la punta de los dedos.- ¿Cómo…?- Preguntó en voz muy baja mientras le temblaban los labios.
-         No me pareció buena idea abandonar a Godo.- Murmuré, por toda explicación. En los ojos de Dylan apareció una sombra acusatoria “Pero sí abandonarme a mí”, parecían reprocharme.- ¿Por qué sigues aquí?- Él me miró con una expresión extraña.
-         Valerie… ¿Por qué has vuelto tú? Te dije que no era seguro.
-         Has dicho demasiadas cosas, Dylan, pero siempre te callabas la mitad. Además…tenía que ver esto una vez más antes de irme.
-         Está bien, lo reconozco. Tengo que explicarte muchas cosas. Y lo haré, te lo prometo. Pero no ahora. Antes necesito un café.
Parte 5. El funambulismo de los ladrones.

Dylan tardó aún un momento en dejar la habitación. Nos quedamos los dos muy quietos, en silencio. No me atreví a mirarle a la cara, aunque sabía que él lo estaba haciendo. Poco después tomó aire, como si fuera a decir algo más, lo soltó en un suspiro y se marchó. No dio ningún portazo, así que la puerta se quedó entornada.
Me costó un poco volver a reaccionar, a ser plenamente consciente de lo que me había dicho. Estábamos en peligro. En peligro inmediato, además, a juzgar por lo vacías que se habían quedado las calles. Teníamos que largarnos, Godo y yo, de allí, en seguida. Entonces caí. Godo…
Si Dylan había entrado, había sido por la ventana. Entonces, la ventana había estado abierta, y en ese caso…me asomé. Miré los tejados, planos, a mi alrededor. ¿Cómo se encuentra a un gato callejero por los tejados de noche? Lo único que sabía en ese momento era que, a pesar del inminente peligro, no podía irme sin mi gato. Salí por la ventana y salté al tejado. Pasé al menos media hora buscándolo, en silencio, por los tejados. No podía llamarlo y arriesgarme a que me oyeran. Los minutos me parecían horas. Pero al final lo encontré. Bueno, podría decirse que fue él el que me encontró a mí. Escuché un maullidito muy bajo a mi espalda y me di la vuelta. Un gato despeluchado me dirigió una dulce e inocente monomirada amarilla. Le sonreí, y tendí los brazos. Parecía asustado. Entonces sucedió.
Primero un intenso chispazo de luz roja que se nubló en seguida, ante mis ojos. Después un rugido de trueno. Y más tarde la metralla. Todo pasó en seguida, y estoy segura que fue en el mismo segundo. Pero el mundo parecía funcionar a cámara lenta. Nuestro piso… De repente todo lo que había delante de mí dejó de verse. El humo se alzaba como una densa cortina, y olía muchísimo a quemado. Godo se había acurrucado contra mí, y temblaba, todo erizado. Y aunque estábamos lo suficientemente lejos, notamos el calor. Por un momento, fue como si todo funcionara por medio de engranajes. Mi realidad se había roto, estaba totalmente descuajeringada, y se extendía en cascotes por el suelo tiznado de hollín. Y Godo y yo éramos marionetas colgadas por las cuerdas. Pero nos habían destrozado el escenario.
-         Godo…tenemos que salir de aquí.
Godo me miró atentamente, en silencio. Y entonces lo comprendí. Nadie podía saber que hubiera algún motivo por el que yo no estuviera en el piso en el momento de la explosión. Había entrado por la puerta, y no había vuelto a salir. Y todo había estallado. Entonces, ellos debían creer…que ya estaba hecho. Y, si como Dylan decía, era todo una venganza contra él…no se esforzarían mucho en comprobar que todo había funcionado. En aquel momento, Godo y yo estábamos oficialmente muertos.
Dylan…fue como si mi mente buceara a través de una espesa masa de pegamento, o como si estuviera lleno de paja. Pero poco a poco se me fueron aclarando las ideas, y me di cuenta de lo que significaba aquello. Dylan había salido por la puerta. Seguro que había alguien vigilando sus movimientos, o los míos. Alguien para asegurarse de que no saliera antes de que todo explotara. Y entonces él…a él…No pude pensar más. Mi cerebro no era capaz de soportarlo. Sentí que me fallaban las fuerzas y, tendida en el tejado, me deshice en sollozos. Godo se acurrucó a mi lado y no se movió de allí.
Teníamos que irnos. Pero si nadie nos buscaba, quizá lo mejor sería no tener tanta prisa, y esperar a que quien fuera que estuviera en los alrededores se alejara de allí.

Pasó una hora, quizá dos. Ni Godo ni yo nos habíamos movido. Estaba entumecida, cansada y triste. Tan triste que casi me ahogaba. No era capaz de dejar de pensar en Dylan, pero, a la vez, tampoco era capaz de pensar. Me incorporé, me estiré y los músculos me chirriaron.
-         Está bien, Godo…larguémonos de una vez.
No miramos atrás, porque no nos dejábamos nada, porque no merecía la pena. Simplemente, empezamos a atravesar tejados, helados por el frío de finales del otoño, y agradeciendo la suerte que tuvimos de que no lloviera. Godo caminaba a mi lado con paso seguro y confiado. Deseé, como tantas otras veces, haberme portado mejor en mi vida anterior, para haber sido gato en esta y que todo me fuera más sencillo.

Con el correr de los minutos, nuestros pasos nos llevaron a una esquina que me era familiar. Una escalera de incendios cubierta de óxido bajaba desde la ventana del último piso y llegaba hasta la calle. Tragué saliva, y respiré una vez. Volví a respirar. Y a tragar saliva. Me aferré con toda la fuerza de mis manos temblorosas al borde del tejado y salté a la escalera que había a dos metros por debajo de mí. Mis pies al caer provocaron un impresionante estruendo metálico. Godo bufó desde arriba. Extendí los brazos y él saltó, cayendo limpiamente entre ellos. Al cogerlo, sentí que las manos me escocían. Las tenía llenas de rasguños, y empezaban a picar.
Godo y yo bajamos por las escaleras, tratando de no hacer demasiado ruido, aunque sabíamos que si nadie se había asomado hasta ese momento, ya no lo iba a hacer. Justo en la esquina de la calleja, al lado de las escaleras, había un cubo de basura que apestaba a kilómetros. Godo emitió un maullido lastimero cuando lo aparté, a duras penas.
-         Tranquilo, pequeño. Si tenemos suerte, nuestro desayuno de mañana no saldrá de ahí.
Después de oírme, Godo pareció sentirse mejor. Mordiéndome los labios con nerviosismo, apoyé la mano en el tercer ladrillo y estiré. Emití un profundo suspiro de alivio. El hueco seguía ahí. Y también lo hacían mis ahorros. Saqué el dinero y me lo guardé, separado, en los bolsillos de la gabardina, los vaqueros, el sujetador y los calcetines. No era una gran suma, pero era mejor ir sobre seguro.
-         Qué, enano, ¿acaso esperabas que no tomara precauciones?- Godo me miró, emitiendo un sonoro “miaauuu”.- Sí, es cierto, este es el barrio más seguro de la ciudad…bueno, al menos para nosotros lo era hasta ahora.- Me respondió un bufido molesto.- Sí, tienes razón, últimamente hasta el honor entre ladrones anda escaso. ¡Maldito gato, estás hecho un romántico! Venga, y ahora vámonos de aquí, se me está congelando la punta de la nariz. No, no quiero saber qué es lo que se te ha congelado a ti, jodido grosero. ¡Eres una bola de pelo, no puedes tener frío! Bah, cállate ya. Me tienes harta.
Parte 4. Como tirar unos dados perdidos.

Me costó hacer girar la llave dentro de la cerradura. Aquella puerta torcida e hinchada en el marco siempre me daba problemas al volver a casa.
El chirrido habitual que emitió me hizo dar un pequeño respingo. Supongo que estaba más tensa que la cuerda de un piano. Entré y fui a abrir la ventana, para que entrara mejor la luz de las pocas estrellas que se veían en aquel cielo de atmósfera viciada de humos y contaminación.
Una silueta se recortaba contra la leve luz que entraba por la ventana. Un escalofrío me recorrió a toda velocidad, y sentí con una precisión asombrosa cómo se me erizaba el vello por toda la piel. Era la adrenalina. Deseé luchar o huir, pero estaba temblando.
Entonces me di cuenta de que aquél era un perfil que conocía perfectamente.

-         Dylan…
-         Hola, Valerie. ¿Qué hay?
-         ¿Qué haces aquí?- Estaba sorprendida, y aún temblaba un poco. Se lo pregunté con un hilo de voz, casi sin atreverme a mirarle. Hacía un poco de frío. Él se dio cuenta, y se acercó a mí extendiendo los brazos, como si fuera a rodearme con ellos. Se paró a medio metro de distancia, y se quedó tan quieto como una estatua de cera.
-         Pues…preocuparme por ti, en realidad. ¿Vienes de la calle? Claro que vienes de la calle, qué pregunta tan estúpida.- Me fijé un poco más en su rostro en sombras, y aunque seguía de espaldas a la ventana, noté que estaba transformado por el cansancio. Parecía nervioso, y también varios años mayor.
-         Dylan, ¿qué…?
-         ¿Que qué pasa?- Esbozó una sonrisa irónica y torturada que casi daba miedo.- Que esta es noche de caza, cielo. ¿Recuerdas al tipo de esta mañana? Sí, seguro que sí... ¿Y no te preguntas quién es? En realidad no tienes por qué. Es sólo una maldita marioneta. Una marioneta pelirroja que me ha puesto la zancadilla pero bien. Si pudiera despellejaría a esos elfos repugnantes con mis propias manos.
-         Dylan…
-         Sí, sé que estoy delirando. ¡Pero es que no lo entiendes, Valerie! Tenemos que salir de aquí.- Se acercó hasta quedarse a escasos centímetros de mí y me miró con pánico. Yo estaba helada.
-         Espera… ¿qué? Dylan, no entiendo nada…- Estaba como anonadada. Y casi notaba cómo había perdido la sensibilidad de los miembros. Él me cogió por los hombros y me sacudió con fuerza.
-         Valerie, ¡tenemos que irnos en seguida! ¡Tú también estás en peligro!- Entonces, algo dentro de mí se reveló. Ese gilipollas… ¿¡de verdad creía que podía presentarse en mi casa y decirme que estaba en peligro de muerte!?
-         ¡Mierda, Dylan! ¿¡Tú me has metido en esto!? Joder, ¡hace meses que te di la patada! ¿Es que esos mierdas no actualizan sus archivos? ¿Es que no eres capaz de dejar de joderme ni siquiera ahora? ¡Por qué, hostia puta, por qué!- Tenía ganas de pegarle. Él me sujetó por las muñecas, y me obligó a bajar los brazos y a mirarle. Volví a hundirme en esos ojos, verdes como un océano hecho de briznas de hierba. Suspiré. Tenía ganas de llorar.
-         Lo siento, Valerie…te lo prometo, lo siento de verdad. ¿Por qué hacerte daño es lo último que quiero en el mundo? ¿Por qué es lo que estoy haciendo precisamente ahora…?- Fue un destello en la mejilla lo que delató la lágrima que se deslizó a toda velocidad desde sus ojos tristes. Le volví la cara.
-         Deja de decir tonterías, imbécil. Sólo explícame por qué me has metido en esto.
-         Hubo…hubo un problema, con un pedido. Ha salido todo terriblemente mal, ¿sabes? Y esta mañana…pretendían hacerme creer que daba igual, que estaba todo olvidado, que soy importante. Y un huevo, ¿sabes? Querían tenerme tranquilo, que no me preocupara, y que entrara yo solo en esa maldita trampa de despreciables pelirrojos orejudos. Joder, parecía tan feliz que hasta a ti te di asco.
-         Me das asco, Dylan. Y ahora explícame por qué esos cabrones también pretenden acabar conmigo.
-         Porque sabes que eres lo único que me importa ahora mismo. Saben que tú eres el único medio por el que pueden destrozarme. Esos cerdos…joder, lo saben…saben que…-Las palabras de Dylan me llegaban desde muy lejos, como si me encontrara en el fondo de un abismo. ¿Qué yo le importaba? ¿A él? ¿Yo? ¿Importarle de verdad? Muerte, deseo, amor, peligro, ratas élficas de pelo de color naranja. Empecé a marearme.
-         Está bien. Vale.- Me aparté de él- ¿Sabes qué es lo que vamos a hacer? Ahora vas a irte, vas a atravesar esa puerta y no vas a volver jamás. No vas a preguntarme qué es lo que voy a hacer yo. Vas a largarte y a desaparecer de mi vida para siempre. Y vas a confiar en que yo me baste para solucionar la mía, como siempre he hecho. ¿Entendido?- Me dolía la cabeza. Dylan se estremeció y giró el rostro. Se alejó y empezó a mirar a través de la ventana. Se hizo un silencio que se prolongó demasiado, pesado y denso. Creí distinguir… ¿qué era eso? ¿Un sollozo? Sin darse la vuelta, Dylan empezó a hablar con voz desapasionada.
-         ¿Te suena Priscilla…? Fue el gran amor de Elvis Presley. Él era el rey. Pero ella reinaba en su propio palacio de hielo y cristal. Estás sola, Valerie. Tremendamente sola. Y lo peor es que crees que no te importa. Tu corazón era tan transparente que el frío de todos los muros con los que te rodeaste una vez lo atravesaron por completo, y lo fueron helando poco a poco. Tienes un corazón de hielo, Valerie, y el frío que emana ha contaminado la máscara con la que te proteges hasta congelarla también. Nadie puede escalar los fríos muros que te protegen sin morir de una hipotermia. No tienes un príncipe que el Destino mande para protegerte. Y los sapos siempre te causaron aversión.
-         Es por eso por lo que estoy mejor sola.- Suspiré, encogiéndome de hombros.
-         Ya lo sé, Valerie.- Se giró y me dedicó una sonrisa triste.- Ya lo sé.
Parte 3. Los matices del silencio.

El aire frío de la mañana del lunes me golpeaba en la cara, congelándome los músculos. Casi me sentía como si llevara una máscara. Me arrebujé lo mejor que pude en la gabardina, y seguí andando con las manos en los bolsillos. Atravesé el umbral de El Lavadero tan deprisa como me fue posible, pero en cuanto lo hice eché de menos el aire de fuera. Debía hacer años que no abrían las ventanas allí. Es más, dudaba seriamente de que Javi recordara que se hubiera hecho alguna vez. De todos modos, al bar la luz diurna le sentaba bastante mal. Las mesas parecían más rotas y cochambrosas, las sillas más descuajeringadas y los cristales de las botellas, más turbios. Y aunque la gente no parecía más peligrosa que los borrachos de la noche, yo sabía que lo eran. En una de las mesas del fondo, Dylan jugaba a las cartas con un hombre vestido de traje de mediana edad, y con otros con ropa oscura que lo rodeaban. El hombre estaba de espaldas a la pared, con una perspectiva desde la que podía controlarse todo el local, y Buitre estaba pegado a su codo como un perrito faldero. Trataban de aparentar con esos trajes, pero casi todos sabíamos que no eran más que meros intermediarios, y además, prescindibles. Igual que todos nosotros, supongo. Javi me hizo un gesto, saliendo desde el otro lado del local con una cálida sonrisa.
-         Muy bien, encanto. Ya has llegado. Me alegra que seas tan puntual. Deja la gabardina en la trastienda y coge un delantal, te espero aquí.
-         Claro Javi, vuelvo en un momento.-Le dirigí una sonrisa dulce y atravesé la portezuela que había detrás de la barra. La trastienda era pequeña y estaba llena de cajas, la mayoría de licores. Al menos, eso es lo que se deducía por las que estaban abiertas. Encontré un delantal un poco apolillado enganchado en una estantería, me lo puse y salí, dejando allí mi gabardina. A partir de ese momento, Javi pasó el rato dándome indicaciones. Precios, lugares donde se guardaban las cosas, consejos y demás. Poco tiempo después, consultó su reloj. Era uno de los pocos que tenía uno, no sé de dónde lo había sacado.
-         Bueno, tengo que llamar a un proveedor. Te dejo atendiendo las mesas, ¿vale?
-         Sin problemas.- Le dije guiñándole un ojo. Me giré, observando el bar, y a los pocos segundos alguien levantó la mano. Me acerqué a esa mano para preguntarle a la gente de la mesa si necesitaba algo. Cómo no, era Dylan. Traté de disimular lo molesta que me encontraba.
-         Ah, vaya, pero si es la pequeña Valerie. Tráeme una copa de vino, y una botella de licor de hierbas para los caballeros.
-         ¿Vino? Bueno -me encogí de hombros-, es tu salud.- Al poco rato quedó claro que Dylan llevaba una buena racha. Una racha demasiado buena para ser segura, en realidad. Observé con aire divertido que a Buitre no le habían permitido jugar. Me dirigió una mirada hosca cuando pasé junto a él limpiando las mesas. Le saqué la lengua. Ni siquiera le habían permitido sentarse, por lo que se veía. Dylan hablaba negligentemente mientras repartía las cartas, y casi parecía que el hombre maduro y él sostuvieran una discusión. Su rostro era una máscara, mientras que Dylan esbozaba una sonrisa distraída, recostado relajadamente contra el respaldo rajado de la silla. Los otros se limitaban a jugar. A la media hora, el hombre y él se levantaron, estrechándose la mano, y los hombres trajeados salieron del local. Se habían dejado la partida a medias. Como Javi no había vuelto, me acerqué a la mesa para recoger los vasos y la botella. Ni siquiera miré a Dylan, que acababa de inflarse más que un pavo real y se echaba el pelo hacia atrás. Debía estar convencido de haber hecho un buen negocio. Me alejé de él sin mirarle. Javi me había dicho que, en casos como ése, debía apuntar las consumiciones en una libreta, sin cobrarlas, y que ya se encargaría él. Dylan se largó poco después. El resto de la mañana pasó sin inconvenientes.

Javi no volvió en toda la tarde. Supongo que debí haberme preocupado, pero no lo hice. Supuse que, después de tantísimo tiempo sin tener un ayudante, había decidido tomarse un descanso. Tendría que haber pensado que era sospechoso que fuera a hacer una llamada y no se acordara de volver. Creí que quizá se habría encontrado a alguna amiga. Lo que nunca se me ocurrió fue que no debía temer por su ausencia por él, sino por mí misma.
No pareció cambiado cuando regresó, salvo quizá porque nunca le había visto esbozar una sonrisa siniestra.
Cuando me despedí de él no dijo nada, sólo sonrió. No me recordó que fuera puntual al día siguiente. Ni siquiera me dirigió la palabra.

La calle estaba vacía. Todas las calles lo estaban. Se me erizaron los pelos de la nuca. No fue un impulso premonitorio, y aunque las calles solían estar vacías, tampoco llegaban a estarlo tanto. Supe que cuando eso ocurría era porque todos sabían, aunque nadie se atreviera a comentarlo en voz alta, que iba a pasar algo. Una caza.
Me levanté el cuello de la gabardina y aceleré el paso. No tenía la intención de estar allí cuando se saldaran las cuentas.
Parte 2. Atracción por los equívocos.

Había ocurrido hacía seis meses. Un desconocido se había sumergido en la viciada atmósfera de El Lavadero. Llevaba una camisa negra y vaqueros gastados, y una melena rubia a la altura de los hombros. Tenía la nariz muy recta, y en sus serios ojos verdes relucía una mirada peligrosa. Me invitó a una cerveza. Correspondiéndose a un par de horas después, el recuerdo se vuelve etílico.

- ¿Quién eres?- La boca de Dylan empujaba mis labios entreabiertos mientras me quitaba la chaqueta.
- Me basta con saber que soy la chica que se atrevió a equivocarse tantas veces como le dio la gana…-Respondía yo, empujándole su nariz con la mía. Él se ponía muy serio, apartándose de mí, sujetándome por los hombros y mirándome a los ojos.
- ¿De verdad eres esa chica?-Su voz era casi un susurro.
- Eso espero.- Respondía yo, poniéndome seria. Entonces él se reía.
- Tendrás que hacer una lista de errores para comprobarlo.
- ¿Y podría encontrarlos todos?... ¿Cómo saber si algo es un error o no lo es?-Replicaba confundida. Sus besos recorrían mi garganta, mientras me libraba de mi camiseta, deslizándola hacia arriba. Yo lo miraba, muy seria todavía. Entonces él me miró y se quedó muy quieto.- Quizá lo parezca… pero puede que ese error tenga consecuencias extraordinarias.- Él aún se reía cuando me lanzó sobre la cama. Su voz tenía un tono ronco cuando se inclinó junto a mi rostro y susurró en mi oído.
- Voy a ser la peor adicción de entre todos tus errores. Espero que lo tengas en cuenta.

Por eso odiaba a Dylan. Porque se había molestado en intentar cumplirlo. Yo era libre y, además, nunca me había interesado meterme en sus asuntos. Todo lo que tenía que ver con Dylan era siempre un asunto muy, muy turbio.
Por eso odiaba tanto también el recuerdo de cómo nos conocimos. El muy imbécil…me parecía increíble que hubiera llegado a gustarme, aunque fuera un poco. Una vocecilla irónica dentro de mi cabeza se burló automáticamente de lo que puedo llegar a considerar como “un poco”. Se suponía que las conciencias eran más amables.
Javi seguía frotando vasos al otro lado de la barra. Rellenó el mío y seguimos charlando. Dylan había decidido ser un caballero, cumplir mi deseo y largarse. Ni el vodka ni la voz de Mark Knopfler, prácticamente adivinándose por debajo del ruido del local, conseguían relajarme los músculos, que se habían puesto en tensión. Decidí salir a tomar un poco el aire. A fin de cuentas, ya había conseguido lo que pretendía. Empezaba a trabajar de camarera el lunes. Un brazo me detuvo cuando estaba a punto de atravesar la puerta. La cara picada de Buitre me dirigió una mirada calculadora. La carencia de Javi, en comparación, no era prácticamente nada. A Buitre le faltaba un ojo. Bueno, no únicamente. Pero con respecto a eso, no sabía si se trataba de una leyenda urbana.
-         Oye princesa, ¿te apetece divertirte?- Se pasó la lengua por los labios cortados con aire viperino. Casi me sorprendió que no tuviera una lengua de reptil.
-         Apártate de mí, Carroñero.-Me zafé de su brazo mirándolo con asco.
-         No me llaman Buitre porque me vaya la necrofagia, cielo…sino porque puedo hacerte volar.-Se hurgó en el bolsillo.- Toma, un regalito de parte de tu querido amigo. Es tan pura como la nieve. Créeme, volverás cuando la pruebes.
-         Lo dudo mucho.- Mascullé mientras la puerta se cerraba tras de mí. El sobrecito blanco fue a parar a uno de los montículos medio podridos que se repartían por el callejón. Un duende con un muñón en la muñeca cubierto por una gran costra verdosa y purulenta se lanzó sobre él desde debajo de los desechos, al mismo tiempo que la rata de antes. La reconocí porque le faltaba el rabo. Apostaba por la rata. El siguiente pensamiento que se me ocurrió me sorprendió un poco. A todo el mundo le faltaba algo en el barrio de La Doncella. A Javi le faltaba un diente. A Buitre le faltaba un ojo. A Dylan le faltaba la dignidad. A mí lo que me faltaba era el sentido común.

Godo me estaba esperando cuando volví a casa. Casi parecía un muñeco maléfico. Estaba tuerto, lleno de cicatrices y completamente despeluchado. Ah, y le faltaba la punta del rabo. Y media oreja. Aunque tampoco me sorprendió. Godo ya estaba así cuando me lo encontré. Bajo su atenta monomirada amarilla, abrí el Diario.

Diario de Navegación- 21 de Noviembre (más tarde)

Godo es el gato más simpático del mundo, si no fuera por esa maldita tendencia suya al cinismo. A veces me pone de los nervios. Antes era anarquista, y le iba más el sarcasmo. Más tarde decidió que la existencia le había decepcionado, pasó una fase de desengaño y finalmente descubrió que no tiene sentido creer que la bondad es algo intrínseco en la naturaleza humana. Desde entonces, es un gato mucho más práctico. Aunque sigue queriendo colectivizar mis latas de atún.
No estoy demasiado segura de qué es lo que quiero hacer con mi vida. En realidad, todo esto es como estar viviendo en el espacio en blanco de un folio, entre párrafo y párrafo. No puedo evitar tropezar con las melodías callejeras, y caer justo cuando creo que estoy a punto de dejar todo esto. Pero voy a largarme. ¿Cómo? No estoy muy segura. Siempre hay un primer paso. En este caso, empezar a trabajar de camarera en El Lavadero y ahorrar algo de pasta. Sé que no es bueno preocuparse por el mañana, pero es que he subido el primer peldaño y…ya no sé qué va después.

Capítulo 1 – Valerie.

Parte 1. Vida de gatos.


Diario de navegación- 21 de Noviembre.

No sé muy bien por qué estoy haciendo esto. Exceso de tiempo libre, quizá. Nunca hay demasiado que hacer en el barrio de La Doncella. Nunca, si no tenemos en cuenta ese pequeño detalle de la existencia. Sobrevivir por encima de todo, es la misma profesión día tras día. Godo es una clara muestra de ello. Godo piensa que escribir algo así es una tontería. Y él casi nunca se equivoca. Pero yo quiero dejar constancia de esto. Es mi manual de supervivencia.

Cerré el diario, no demasiado segura de lo que había escrito. ¿Un diario de navegación? ¿En qué estaba pensando? Si ni siquiera sabía nadar. Ni tampoco estaba de viaje, ni tenía misión alguna. Nunca había salido del barrio de La Doncella. Fruncí el ceño. El título había sido una licencia poética. Antes de salir cogí mi gabardina vieja y miré a mi alrededor. Godo había salido. Y me había dejado un regalito: restos de una cucaracha mordisqueada junto a la ventana.
La puerta no cerraba bien, y unas astillas se me clavaron en la palma al dar un portazo. Me precipité por las empinadas escaleras medio rotas con cuidado de no tocar la mugre de las paredes con ninguna parte de mi cuerpo. Salté por encima del vómito solidificado de la entrada con lo que casi era ya un acto reflejo. Tenía bastante sed.
Mis pasos me dirigieron, como siempre que aquella incómoda sensación me raspaba la garganta, al fondo de la calle del Lavadero, una calleja de la estrechez de un pasillo, oscura y repugnante, con un bar del mismo nombre a su término, igual de oscuro y repugnante. Aparté de una patada a la rata que se lanzó de un salto desde detrás de un cubo semioculto por las sombras del callejón y, empujando la puerta desconchada, entré dentro del bar.
Como siempre, contuve la respiración al entrar en contacto con la viciada atmósfera del garito. En El Lavadero, los parroquianos lavaban sus almas a golpe de whiskey, cuando no de algo más fuerte. A pesar de la baja iluminación y la cantidad de humo que llenaba el local, no tardé en divisar de lejos exactamente a quien no quería encontrarme. Dylan estaba junto a la mesa de billar, cogiendo uno de los tacos. Tardé lo que lleva una respiración en darme la vuelta y dirigirme a la barra, de espaldas a él. Lo hice tosiendo. Al aspirar se me había llenado la boca del hediondo olor a orines. Javi se inclinó hacia mí, intentando arrancar con un trapo algo que había cuajado en el fondo de una jarra de cerveza.
-         ¿Lo de siempre, encanto?- Asentí con la cabeza. La pecosa cabeza se perdió debajo de la barra, para reaparecer de nuevo con una botella de vodka. Sonrió. A Javi le faltaba un diente.
-         ¿Cómo te va todo últimamente?- Me observé la muñeca. Una sustancia repugnante se me había adherido al brazo al apoyarlo en la barra. Él me tendió el trapo.
-         Bien, nena, bien. Tan bien como puede irte currando en un sitio como este, al menos.-Suspiró.- Hostia, no sabes lo bien que me vendrían unas vacaciones.
-         Joder…
-         Sí, joder también me vendría bien.
-         Oye, Javi.- Lo miré sonriente- ¿Qué te parecería hacerlo realidad?- Me dirigió una mirada incrédula. Las orejas se le fueron enrojeciendo progresivamente.
-         ¿Te…te refieres a lo de joder?
-         No hombre, no. Estaba hablando de las vacaciones. ¿Te vendría bien una camarera sustituta?
-         Pues…ahora que lo dices…-Se rascó la barba incipiente con gesto pensativo.- no me vendría mal del todo. Hace casi dos años que no me tomo un solo día libre.- Sonreí.
-         ¿Te va bien que empiece el lunes?- Javi abrió la boca, miró detrás de mí y la volvió a cerrar. Con un brillo de reconocimiento en los ojos. Me di la vuelta a toda velocidad, y unos brazos me sujetaron los codos. Mi pecho chocó con el de Dylan. Me aparté de él.
-         Joder Dylan, ¿qué quieres?- Me miró con un brillo divertido en sus ojos verdes.
-         ¿Joder? ¿A estas horas?- Giré la cara, mirando en otra dirección. Me valía cualquiera que no fuera la suya.
-         Vamos Dylan, lárgate. No me hagas perder el tiempo.
-         Qué poco amable estás hoy, mi preciosa Valerie…alguien que no nos conociera pensaría que me desprecias.- Había un tono de falsa sorpresa en su voz que me dieron ganas de destriparle.
-         Te lo repetiré una última vez- susurré, colocándole el índice por debajo de la barbilla-y esta vez no tardes en responderme. Di,  ¿qué es lo que quieres?
-         Sólo hablar con una vieja amiga.- Respondió, levantando las manos como si mi dedo fuera una pistola. Emití una carcajada que sonó como un ladrido.
-         Tú no tienes amigos, británico de mierda.
-         Escocés, un respeto.
-         Técnicamente, es lo mismo.-Respondí, encogiéndome de hombros.
-         No. Técnicamente…-me miró, remarcando esta última palabra-…técnicamente, no.
-         Me da lo mismo, Dylan. Vete a la mierda.
-         Valerie…-su voz se convirtió en un susurro y, sujetándome la barbilla, me hizo mirarlo a los ojos.- Valerie.-Sentí que me acariciaba al repetir mi nombre. Volví a girarme, apoyando los codos en la barra.- ¿Recuerdas cómo nos conocimos?
-         Se me hace difícil olvidarlo, contigo recordándomelo constantemente con tu presencia, maldito psicópata.- El vodka me abrasó la garganta, pero no con la fuerza suficiente como para borrar la intensidad del recuerdo que acababa de aflorar dentro de mi cerebro. Odié a Dylan por enésima vez.