Diario de navegación- 21 de Noviembre.
No sé muy bien por qué estoy haciendo esto. Exceso de tiempo libre, quizá. Nunca hay demasiado que hacer en el barrio de La Doncella. Nunca, si no tenemos en cuenta ese pequeño detalle de la existencia. Sobrevivir por encima de todo, es la misma profesión día tras día. Godo es una clara muestra de ello. Godo piensa que escribir algo así es una tontería. Y él casi nunca se equivoca. Pero yo quiero dejar constancia de esto. Es mi manual de supervivencia.
Cerré el diario, no demasiado segura de lo que había escrito. ¿Un diario de navegación? ¿En qué estaba pensando? Si ni siquiera sabía nadar. Ni tampoco estaba de viaje, ni tenía misión alguna. Nunca había salido del barrio de La Doncella. Fruncí el ceño. El título había sido una licencia poética. Antes de salir cogí mi gabardina vieja y miré a mi alrededor. Godo había salido. Y me había dejado un regalito: restos de una cucaracha mordisqueada junto a la ventana.
La puerta no cerraba bien, y unas astillas se me clavaron en la palma al dar un portazo. Me precipité por las empinadas escaleras medio rotas con cuidado de no tocar la mugre de las paredes con ninguna parte de mi cuerpo. Salté por encima del vómito solidificado de la entrada con lo que casi era ya un acto reflejo. Tenía bastante sed.
Mis pasos me dirigieron, como siempre que aquella incómoda sensación me raspaba la garganta, al fondo de la calle del Lavadero, una calleja de la estrechez de un pasillo, oscura y repugnante, con un bar del mismo nombre a su término, igual de oscuro y repugnante. Aparté de una patada a la rata que se lanzó de un salto desde detrás de un cubo semioculto por las sombras del callejón y, empujando la puerta desconchada, entré dentro del bar.
Como siempre, contuve la respiración al entrar en contacto con la viciada atmósfera del garito. En El Lavadero, los parroquianos lavaban sus almas a golpe de whiskey, cuando no de algo más fuerte. A pesar de la baja iluminación y la cantidad de humo que llenaba el local, no tardé en divisar de lejos exactamente a quien no quería encontrarme. Dylan estaba junto a la mesa de billar, cogiendo uno de los tacos. Tardé lo que lleva una respiración en darme la vuelta y dirigirme a la barra, de espaldas a él. Lo hice tosiendo. Al aspirar se me había llenado la boca del hediondo olor a orines. Javi se inclinó hacia mí, intentando arrancar con un trapo algo que había cuajado en el fondo de una jarra de cerveza.
- ¿Lo de siempre, encanto?- Asentí con la cabeza. La pecosa cabeza se perdió debajo de la barra, para reaparecer de nuevo con una botella de vodka. Sonrió. A Javi le faltaba un diente.
- ¿Cómo te va todo últimamente?- Me observé la muñeca. Una sustancia repugnante se me había adherido al brazo al apoyarlo en la barra. Él me tendió el trapo.
- Bien, nena, bien. Tan bien como puede irte currando en un sitio como este, al menos.-Suspiró.- Hostia, no sabes lo bien que me vendrían unas vacaciones.
- Joder…
- Sí, joder también me vendría bien.
- Oye, Javi.- Lo miré sonriente- ¿Qué te parecería hacerlo realidad?- Me dirigió una mirada incrédula. Las orejas se le fueron enrojeciendo progresivamente.
- ¿Te…te refieres a lo de joder?
- No hombre, no. Estaba hablando de las vacaciones. ¿Te vendría bien una camarera sustituta?
- Pues…ahora que lo dices…-Se rascó la barba incipiente con gesto pensativo.- no me vendría mal del todo. Hace casi dos años que no me tomo un solo día libre.- Sonreí.
- ¿Te va bien que empiece el lunes?- Javi abrió la boca, miró detrás de mí y la volvió a cerrar. Con un brillo de reconocimiento en los ojos. Me di la vuelta a toda velocidad, y unos brazos me sujetaron los codos. Mi pecho chocó con el de Dylan. Me aparté de él.
- Joder Dylan, ¿qué quieres?- Me miró con un brillo divertido en sus ojos verdes.
- ¿Joder? ¿A estas horas?- Giré la cara, mirando en otra dirección. Me valía cualquiera que no fuera la suya.
- Vamos Dylan, lárgate. No me hagas perder el tiempo.
- Qué poco amable estás hoy, mi preciosa Valerie…alguien que no nos conociera pensaría que me desprecias.- Había un tono de falsa sorpresa en su voz que me dieron ganas de destriparle.
- Te lo repetiré una última vez- susurré, colocándole el índice por debajo de la barbilla-y esta vez no tardes en responderme. Di, ¿qué es lo que quieres?
- Sólo hablar con una vieja amiga.- Respondió, levantando las manos como si mi dedo fuera una pistola. Emití una carcajada que sonó como un ladrido.
- Tú no tienes amigos, británico de mierda.
- Escocés, un respeto.
- Técnicamente, es lo mismo.-Respondí, encogiéndome de hombros.
- No. Técnicamente…-me miró, remarcando esta última palabra-…técnicamente, no.
- Me da lo mismo, Dylan. Vete a la mierda.
- Valerie…-su voz se convirtió en un susurro y, sujetándome la barbilla, me hizo mirarlo a los ojos.- Valerie.-Sentí que me acariciaba al repetir mi nombre. Volví a girarme, apoyando los codos en la barra.- ¿Recuerdas cómo nos conocimos?
- Se me hace difícil olvidarlo, contigo recordándomelo constantemente con tu presencia, maldito psicópata.- El vodka me abrasó la garganta, pero no con la fuerza suficiente como para borrar la intensidad del recuerdo que acababa de aflorar dentro de mi cerebro. Odié a Dylan por enésima vez.
Ñañañañañañaña.
ResponderEliminarPd: Luuego me lo leo y te dejo algo más decente o.ó
Pd2: ¡Publícate!