Me costó hacer girar la llave dentro de la cerradura. Aquella puerta torcida e hinchada en el marco siempre me daba problemas al volver a casa.
El chirrido habitual que emitió me hizo dar un pequeño respingo. Supongo que estaba más tensa que la cuerda de un piano. Entré y fui a abrir la ventana, para que entrara mejor la luz de las pocas estrellas que se veían en aquel cielo de atmósfera viciada de humos y contaminación.
Una silueta se recortaba contra la leve luz que entraba por la ventana. Un escalofrío me recorrió a toda velocidad, y sentí con una precisión asombrosa cómo se me erizaba el vello por toda la piel. Era la adrenalina. Deseé luchar o huir, pero estaba temblando.
Entonces me di cuenta de que aquél era un perfil que conocía perfectamente.
- Dylan…
- Hola, Valerie. ¿Qué hay?
- ¿Qué haces aquí?- Estaba sorprendida, y aún temblaba un poco. Se lo pregunté con un hilo de voz, casi sin atreverme a mirarle. Hacía un poco de frío. Él se dio cuenta, y se acercó a mí extendiendo los brazos, como si fuera a rodearme con ellos. Se paró a medio metro de distancia, y se quedó tan quieto como una estatua de cera.
- Pues…preocuparme por ti, en realidad. ¿Vienes de la calle? Claro que vienes de la calle, qué pregunta tan estúpida.- Me fijé un poco más en su rostro en sombras, y aunque seguía de espaldas a la ventana, noté que estaba transformado por el cansancio. Parecía nervioso, y también varios años mayor.
- Dylan, ¿qué…?
- ¿Que qué pasa?- Esbozó una sonrisa irónica y torturada que casi daba miedo.- Que esta es noche de caza, cielo. ¿Recuerdas al tipo de esta mañana? Sí, seguro que sí... ¿Y no te preguntas quién es? En realidad no tienes por qué. Es sólo una maldita marioneta. Una marioneta pelirroja que me ha puesto la zancadilla pero bien. Si pudiera despellejaría a esos elfos repugnantes con mis propias manos.
- Dylan…
- Sí, sé que estoy delirando. ¡Pero es que no lo entiendes, Valerie! Tenemos que salir de aquí.- Se acercó hasta quedarse a escasos centímetros de mí y me miró con pánico. Yo estaba helada.
- Espera… ¿qué? Dylan, no entiendo nada…- Estaba como anonadada. Y casi notaba cómo había perdido la sensibilidad de los miembros. Él me cogió por los hombros y me sacudió con fuerza.
- Valerie, ¡tenemos que irnos en seguida! ¡Tú también estás en peligro!- Entonces, algo dentro de mí se reveló. Ese gilipollas… ¿¡de verdad creía que podía presentarse en mi casa y decirme que estaba en peligro de muerte!?
- ¡Mierda, Dylan! ¿¡Tú me has metido en esto!? Joder, ¡hace meses que te di la patada! ¿Es que esos mierdas no actualizan sus archivos? ¿Es que no eres capaz de dejar de joderme ni siquiera ahora? ¡Por qué, hostia puta, por qué!- Tenía ganas de pegarle. Él me sujetó por las muñecas, y me obligó a bajar los brazos y a mirarle. Volví a hundirme en esos ojos, verdes como un océano hecho de briznas de hierba. Suspiré. Tenía ganas de llorar.
- Lo siento, Valerie…te lo prometo, lo siento de verdad. ¿Por qué hacerte daño es lo último que quiero en el mundo? ¿Por qué es lo que estoy haciendo precisamente ahora…?- Fue un destello en la mejilla lo que delató la lágrima que se deslizó a toda velocidad desde sus ojos tristes. Le volví la cara.
- Deja de decir tonterías, imbécil. Sólo explícame por qué me has metido en esto.
- Hubo…hubo un problema, con un pedido. Ha salido todo terriblemente mal, ¿sabes? Y esta mañana…pretendían hacerme creer que daba igual, que estaba todo olvidado, que soy importante. Y un huevo, ¿sabes? Querían tenerme tranquilo, que no me preocupara, y que entrara yo solo en esa maldita trampa de despreciables pelirrojos orejudos. Joder, parecía tan feliz que hasta a ti te di asco.
- Me das asco, Dylan. Y ahora explícame por qué esos cabrones también pretenden acabar conmigo.
- Porque sabes que eres lo único que me importa ahora mismo. Saben que tú eres el único medio por el que pueden destrozarme. Esos cerdos…joder, lo saben…saben que…-Las palabras de Dylan me llegaban desde muy lejos, como si me encontrara en el fondo de un abismo. ¿Qué yo le importaba? ¿A él? ¿Yo? ¿Importarle de verdad? Muerte, deseo, amor, peligro, ratas élficas de pelo de color naranja. Empecé a marearme.
- Está bien. Vale.- Me aparté de él- ¿Sabes qué es lo que vamos a hacer? Ahora vas a irte, vas a atravesar esa puerta y no vas a volver jamás. No vas a preguntarme qué es lo que voy a hacer yo. Vas a largarte y a desaparecer de mi vida para siempre. Y vas a confiar en que yo me baste para solucionar la mía, como siempre he hecho. ¿Entendido?- Me dolía la cabeza. Dylan se estremeció y giró el rostro. Se alejó y empezó a mirar a través de la ventana. Se hizo un silencio que se prolongó demasiado, pesado y denso. Creí distinguir… ¿qué era eso? ¿Un sollozo? Sin darse la vuelta, Dylan empezó a hablar con voz desapasionada.
- ¿Te suena Priscilla…? Fue el gran amor de Elvis Presley. Él era el rey. Pero ella reinaba en su propio palacio de hielo y cristal. Estás sola, Valerie. Tremendamente sola. Y lo peor es que crees que no te importa. Tu corazón era tan transparente que el frío de todos los muros con los que te rodeaste una vez lo atravesaron por completo, y lo fueron helando poco a poco. Tienes un corazón de hielo, Valerie, y el frío que emana ha contaminado la máscara con la que te proteges hasta congelarla también. Nadie puede escalar los fríos muros que te protegen sin morir de una hipotermia. No tienes un príncipe que el Destino mande para protegerte. Y los sapos siempre te causaron aversión.
- Es por eso por lo que estoy mejor sola.- Suspiré, encogiéndome de hombros.
- Ya lo sé, Valerie.- Se giró y me dedicó una sonrisa triste.- Ya lo sé.
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