domingo, 23 de octubre de 2011

Parte 2. Atracción por los equívocos.

Había ocurrido hacía seis meses. Un desconocido se había sumergido en la viciada atmósfera de El Lavadero. Llevaba una camisa negra y vaqueros gastados, y una melena rubia a la altura de los hombros. Tenía la nariz muy recta, y en sus serios ojos verdes relucía una mirada peligrosa. Me invitó a una cerveza. Correspondiéndose a un par de horas después, el recuerdo se vuelve etílico.

- ¿Quién eres?- La boca de Dylan empujaba mis labios entreabiertos mientras me quitaba la chaqueta.
- Me basta con saber que soy la chica que se atrevió a equivocarse tantas veces como le dio la gana…-Respondía yo, empujándole su nariz con la mía. Él se ponía muy serio, apartándose de mí, sujetándome por los hombros y mirándome a los ojos.
- ¿De verdad eres esa chica?-Su voz era casi un susurro.
- Eso espero.- Respondía yo, poniéndome seria. Entonces él se reía.
- Tendrás que hacer una lista de errores para comprobarlo.
- ¿Y podría encontrarlos todos?... ¿Cómo saber si algo es un error o no lo es?-Replicaba confundida. Sus besos recorrían mi garganta, mientras me libraba de mi camiseta, deslizándola hacia arriba. Yo lo miraba, muy seria todavía. Entonces él me miró y se quedó muy quieto.- Quizá lo parezca… pero puede que ese error tenga consecuencias extraordinarias.- Él aún se reía cuando me lanzó sobre la cama. Su voz tenía un tono ronco cuando se inclinó junto a mi rostro y susurró en mi oído.
- Voy a ser la peor adicción de entre todos tus errores. Espero que lo tengas en cuenta.

Por eso odiaba a Dylan. Porque se había molestado en intentar cumplirlo. Yo era libre y, además, nunca me había interesado meterme en sus asuntos. Todo lo que tenía que ver con Dylan era siempre un asunto muy, muy turbio.
Por eso odiaba tanto también el recuerdo de cómo nos conocimos. El muy imbécil…me parecía increíble que hubiera llegado a gustarme, aunque fuera un poco. Una vocecilla irónica dentro de mi cabeza se burló automáticamente de lo que puedo llegar a considerar como “un poco”. Se suponía que las conciencias eran más amables.
Javi seguía frotando vasos al otro lado de la barra. Rellenó el mío y seguimos charlando. Dylan había decidido ser un caballero, cumplir mi deseo y largarse. Ni el vodka ni la voz de Mark Knopfler, prácticamente adivinándose por debajo del ruido del local, conseguían relajarme los músculos, que se habían puesto en tensión. Decidí salir a tomar un poco el aire. A fin de cuentas, ya había conseguido lo que pretendía. Empezaba a trabajar de camarera el lunes. Un brazo me detuvo cuando estaba a punto de atravesar la puerta. La cara picada de Buitre me dirigió una mirada calculadora. La carencia de Javi, en comparación, no era prácticamente nada. A Buitre le faltaba un ojo. Bueno, no únicamente. Pero con respecto a eso, no sabía si se trataba de una leyenda urbana.
-         Oye princesa, ¿te apetece divertirte?- Se pasó la lengua por los labios cortados con aire viperino. Casi me sorprendió que no tuviera una lengua de reptil.
-         Apártate de mí, Carroñero.-Me zafé de su brazo mirándolo con asco.
-         No me llaman Buitre porque me vaya la necrofagia, cielo…sino porque puedo hacerte volar.-Se hurgó en el bolsillo.- Toma, un regalito de parte de tu querido amigo. Es tan pura como la nieve. Créeme, volverás cuando la pruebes.
-         Lo dudo mucho.- Mascullé mientras la puerta se cerraba tras de mí. El sobrecito blanco fue a parar a uno de los montículos medio podridos que se repartían por el callejón. Un duende con un muñón en la muñeca cubierto por una gran costra verdosa y purulenta se lanzó sobre él desde debajo de los desechos, al mismo tiempo que la rata de antes. La reconocí porque le faltaba el rabo. Apostaba por la rata. El siguiente pensamiento que se me ocurrió me sorprendió un poco. A todo el mundo le faltaba algo en el barrio de La Doncella. A Javi le faltaba un diente. A Buitre le faltaba un ojo. A Dylan le faltaba la dignidad. A mí lo que me faltaba era el sentido común.

Godo me estaba esperando cuando volví a casa. Casi parecía un muñeco maléfico. Estaba tuerto, lleno de cicatrices y completamente despeluchado. Ah, y le faltaba la punta del rabo. Y media oreja. Aunque tampoco me sorprendió. Godo ya estaba así cuando me lo encontré. Bajo su atenta monomirada amarilla, abrí el Diario.

Diario de Navegación- 21 de Noviembre (más tarde)

Godo es el gato más simpático del mundo, si no fuera por esa maldita tendencia suya al cinismo. A veces me pone de los nervios. Antes era anarquista, y le iba más el sarcasmo. Más tarde decidió que la existencia le había decepcionado, pasó una fase de desengaño y finalmente descubrió que no tiene sentido creer que la bondad es algo intrínseco en la naturaleza humana. Desde entonces, es un gato mucho más práctico. Aunque sigue queriendo colectivizar mis latas de atún.
No estoy demasiado segura de qué es lo que quiero hacer con mi vida. En realidad, todo esto es como estar viviendo en el espacio en blanco de un folio, entre párrafo y párrafo. No puedo evitar tropezar con las melodías callejeras, y caer justo cuando creo que estoy a punto de dejar todo esto. Pero voy a largarme. ¿Cómo? No estoy muy segura. Siempre hay un primer paso. En este caso, empezar a trabajar de camarera en El Lavadero y ahorrar algo de pasta. Sé que no es bueno preocuparse por el mañana, pero es que he subido el primer peldaño y…ya no sé qué va después.

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