El aire frío de la mañana del lunes me golpeaba en la cara, congelándome los músculos. Casi me sentía como si llevara una máscara. Me arrebujé lo mejor que pude en la gabardina, y seguí andando con las manos en los bolsillos. Atravesé el umbral de El Lavadero tan deprisa como me fue posible, pero en cuanto lo hice eché de menos el aire de fuera. Debía hacer años que no abrían las ventanas allí. Es más, dudaba seriamente de que Javi recordara que se hubiera hecho alguna vez. De todos modos, al bar la luz diurna le sentaba bastante mal. Las mesas parecían más rotas y cochambrosas, las sillas más descuajeringadas y los cristales de las botellas, más turbios. Y aunque la gente no parecía más peligrosa que los borrachos de la noche, yo sabía que lo eran. En una de las mesas del fondo, Dylan jugaba a las cartas con un hombre vestido de traje de mediana edad, y con otros con ropa oscura que lo rodeaban. El hombre estaba de espaldas a la pared, con una perspectiva desde la que podía controlarse todo el local, y Buitre estaba pegado a su codo como un perrito faldero. Trataban de aparentar con esos trajes, pero casi todos sabíamos que no eran más que meros intermediarios, y además, prescindibles. Igual que todos nosotros, supongo. Javi me hizo un gesto, saliendo desde el otro lado del local con una cálida sonrisa.
- Muy bien, encanto. Ya has llegado. Me alegra que seas tan puntual. Deja la gabardina en la trastienda y coge un delantal, te espero aquí.
- Claro Javi, vuelvo en un momento.-Le dirigí una sonrisa dulce y atravesé la portezuela que había detrás de la barra. La trastienda era pequeña y estaba llena de cajas, la mayoría de licores. Al menos, eso es lo que se deducía por las que estaban abiertas. Encontré un delantal un poco apolillado enganchado en una estantería, me lo puse y salí, dejando allí mi gabardina. A partir de ese momento, Javi pasó el rato dándome indicaciones. Precios, lugares donde se guardaban las cosas, consejos y demás. Poco tiempo después, consultó su reloj. Era uno de los pocos que tenía uno, no sé de dónde lo había sacado.
- Bueno, tengo que llamar a un proveedor. Te dejo atendiendo las mesas, ¿vale?
- Sin problemas.- Le dije guiñándole un ojo. Me giré, observando el bar, y a los pocos segundos alguien levantó la mano. Me acerqué a esa mano para preguntarle a la gente de la mesa si necesitaba algo. Cómo no, era Dylan. Traté de disimular lo molesta que me encontraba.
- Ah, vaya, pero si es la pequeña Valerie. Tráeme una copa de vino, y una botella de licor de hierbas para los caballeros.
- ¿Vino? Bueno -me encogí de hombros-, es tu salud.- Al poco rato quedó claro que Dylan llevaba una buena racha. Una racha demasiado buena para ser segura, en realidad. Observé con aire divertido que a Buitre no le habían permitido jugar. Me dirigió una mirada hosca cuando pasé junto a él limpiando las mesas. Le saqué la lengua. Ni siquiera le habían permitido sentarse, por lo que se veía. Dylan hablaba negligentemente mientras repartía las cartas, y casi parecía que el hombre maduro y él sostuvieran una discusión. Su rostro era una máscara, mientras que Dylan esbozaba una sonrisa distraída, recostado relajadamente contra el respaldo rajado de la silla. Los otros se limitaban a jugar. A la media hora, el hombre y él se levantaron, estrechándose la mano, y los hombres trajeados salieron del local. Se habían dejado la partida a medias. Como Javi no había vuelto, me acerqué a la mesa para recoger los vasos y la botella. Ni siquiera miré a Dylan, que acababa de inflarse más que un pavo real y se echaba el pelo hacia atrás. Debía estar convencido de haber hecho un buen negocio. Me alejé de él sin mirarle. Javi me había dicho que, en casos como ése, debía apuntar las consumiciones en una libreta, sin cobrarlas, y que ya se encargaría él. Dylan se largó poco después. El resto de la mañana pasó sin inconvenientes.
Javi no volvió en toda la tarde. Supongo que debí haberme preocupado, pero no lo hice. Supuse que, después de tantísimo tiempo sin tener un ayudante, había decidido tomarse un descanso. Tendría que haber pensado que era sospechoso que fuera a hacer una llamada y no se acordara de volver. Creí que quizá se habría encontrado a alguna amiga. Lo que nunca se me ocurrió fue que no debía temer por su ausencia por él, sino por mí misma.
No pareció cambiado cuando regresó, salvo quizá porque nunca le había visto esbozar una sonrisa siniestra.
Cuando me despedí de él no dijo nada, sólo sonrió. No me recordó que fuera puntual al día siguiente. Ni siquiera me dirigió la palabra.
La calle estaba vacía. Todas las calles lo estaban. Se me erizaron los pelos de la nuca. No fue un impulso premonitorio, y aunque las calles solían estar vacías, tampoco llegaban a estarlo tanto. Supe que cuando eso ocurría era porque todos sabían, aunque nadie se atreviera a comentarlo en voz alta, que iba a pasar algo. Una caza.
Me levanté el cuello de la gabardina y aceleré el paso. No tenía la intención de estar allí cuando se saldaran las cuentas.
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