domingo, 23 de octubre de 2011

Parte 5. El funambulismo de los ladrones.

Dylan tardó aún un momento en dejar la habitación. Nos quedamos los dos muy quietos, en silencio. No me atreví a mirarle a la cara, aunque sabía que él lo estaba haciendo. Poco después tomó aire, como si fuera a decir algo más, lo soltó en un suspiro y se marchó. No dio ningún portazo, así que la puerta se quedó entornada.
Me costó un poco volver a reaccionar, a ser plenamente consciente de lo que me había dicho. Estábamos en peligro. En peligro inmediato, además, a juzgar por lo vacías que se habían quedado las calles. Teníamos que largarnos, Godo y yo, de allí, en seguida. Entonces caí. Godo…
Si Dylan había entrado, había sido por la ventana. Entonces, la ventana había estado abierta, y en ese caso…me asomé. Miré los tejados, planos, a mi alrededor. ¿Cómo se encuentra a un gato callejero por los tejados de noche? Lo único que sabía en ese momento era que, a pesar del inminente peligro, no podía irme sin mi gato. Salí por la ventana y salté al tejado. Pasé al menos media hora buscándolo, en silencio, por los tejados. No podía llamarlo y arriesgarme a que me oyeran. Los minutos me parecían horas. Pero al final lo encontré. Bueno, podría decirse que fue él el que me encontró a mí. Escuché un maullidito muy bajo a mi espalda y me di la vuelta. Un gato despeluchado me dirigió una dulce e inocente monomirada amarilla. Le sonreí, y tendí los brazos. Parecía asustado. Entonces sucedió.
Primero un intenso chispazo de luz roja que se nubló en seguida, ante mis ojos. Después un rugido de trueno. Y más tarde la metralla. Todo pasó en seguida, y estoy segura que fue en el mismo segundo. Pero el mundo parecía funcionar a cámara lenta. Nuestro piso… De repente todo lo que había delante de mí dejó de verse. El humo se alzaba como una densa cortina, y olía muchísimo a quemado. Godo se había acurrucado contra mí, y temblaba, todo erizado. Y aunque estábamos lo suficientemente lejos, notamos el calor. Por un momento, fue como si todo funcionara por medio de engranajes. Mi realidad se había roto, estaba totalmente descuajeringada, y se extendía en cascotes por el suelo tiznado de hollín. Y Godo y yo éramos marionetas colgadas por las cuerdas. Pero nos habían destrozado el escenario.
-         Godo…tenemos que salir de aquí.
Godo me miró atentamente, en silencio. Y entonces lo comprendí. Nadie podía saber que hubiera algún motivo por el que yo no estuviera en el piso en el momento de la explosión. Había entrado por la puerta, y no había vuelto a salir. Y todo había estallado. Entonces, ellos debían creer…que ya estaba hecho. Y, si como Dylan decía, era todo una venganza contra él…no se esforzarían mucho en comprobar que todo había funcionado. En aquel momento, Godo y yo estábamos oficialmente muertos.
Dylan…fue como si mi mente buceara a través de una espesa masa de pegamento, o como si estuviera lleno de paja. Pero poco a poco se me fueron aclarando las ideas, y me di cuenta de lo que significaba aquello. Dylan había salido por la puerta. Seguro que había alguien vigilando sus movimientos, o los míos. Alguien para asegurarse de que no saliera antes de que todo explotara. Y entonces él…a él…No pude pensar más. Mi cerebro no era capaz de soportarlo. Sentí que me fallaban las fuerzas y, tendida en el tejado, me deshice en sollozos. Godo se acurrucó a mi lado y no se movió de allí.
Teníamos que irnos. Pero si nadie nos buscaba, quizá lo mejor sería no tener tanta prisa, y esperar a que quien fuera que estuviera en los alrededores se alejara de allí.

Pasó una hora, quizá dos. Ni Godo ni yo nos habíamos movido. Estaba entumecida, cansada y triste. Tan triste que casi me ahogaba. No era capaz de dejar de pensar en Dylan, pero, a la vez, tampoco era capaz de pensar. Me incorporé, me estiré y los músculos me chirriaron.
-         Está bien, Godo…larguémonos de una vez.
No miramos atrás, porque no nos dejábamos nada, porque no merecía la pena. Simplemente, empezamos a atravesar tejados, helados por el frío de finales del otoño, y agradeciendo la suerte que tuvimos de que no lloviera. Godo caminaba a mi lado con paso seguro y confiado. Deseé, como tantas otras veces, haberme portado mejor en mi vida anterior, para haber sido gato en esta y que todo me fuera más sencillo.

Con el correr de los minutos, nuestros pasos nos llevaron a una esquina que me era familiar. Una escalera de incendios cubierta de óxido bajaba desde la ventana del último piso y llegaba hasta la calle. Tragué saliva, y respiré una vez. Volví a respirar. Y a tragar saliva. Me aferré con toda la fuerza de mis manos temblorosas al borde del tejado y salté a la escalera que había a dos metros por debajo de mí. Mis pies al caer provocaron un impresionante estruendo metálico. Godo bufó desde arriba. Extendí los brazos y él saltó, cayendo limpiamente entre ellos. Al cogerlo, sentí que las manos me escocían. Las tenía llenas de rasguños, y empezaban a picar.
Godo y yo bajamos por las escaleras, tratando de no hacer demasiado ruido, aunque sabíamos que si nadie se había asomado hasta ese momento, ya no lo iba a hacer. Justo en la esquina de la calleja, al lado de las escaleras, había un cubo de basura que apestaba a kilómetros. Godo emitió un maullido lastimero cuando lo aparté, a duras penas.
-         Tranquilo, pequeño. Si tenemos suerte, nuestro desayuno de mañana no saldrá de ahí.
Después de oírme, Godo pareció sentirse mejor. Mordiéndome los labios con nerviosismo, apoyé la mano en el tercer ladrillo y estiré. Emití un profundo suspiro de alivio. El hueco seguía ahí. Y también lo hacían mis ahorros. Saqué el dinero y me lo guardé, separado, en los bolsillos de la gabardina, los vaqueros, el sujetador y los calcetines. No era una gran suma, pero era mejor ir sobre seguro.
-         Qué, enano, ¿acaso esperabas que no tomara precauciones?- Godo me miró, emitiendo un sonoro “miaauuu”.- Sí, es cierto, este es el barrio más seguro de la ciudad…bueno, al menos para nosotros lo era hasta ahora.- Me respondió un bufido molesto.- Sí, tienes razón, últimamente hasta el honor entre ladrones anda escaso. ¡Maldito gato, estás hecho un romántico! Venga, y ahora vámonos de aquí, se me está congelando la punta de la nariz. No, no quiero saber qué es lo que se te ha congelado a ti, jodido grosero. ¡Eres una bola de pelo, no puedes tener frío! Bah, cállate ya. Me tienes harta.

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